Presentación del libro: PUERTOS, BARCOS Y TRENES.

el día 25 de Marzo 2004, en la casa Lamm, de la ciudad de México D.F.

por el      Ing. Raúl Cadena Cepeda.  

 

Publicado por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Y editado por el Ing. Francisco Ávila Camberos. Director General de Puertos y Marina Mercante.

 

 

 


 

 

Agradezco  al Ingeniero Francisco Ávila Camberos, la oportunidad  brindada para comentar con ustedes la obra, titulada: PUERTOS, BARCOS Y TRENES.

 

Libro que presenta una faceta de la industrialización de México, en la segunda mitad del siglo XlX, y el  inicio del siglo  XX.

 

Y que nos narra de manera amena, los acontecimientos que motivaron un profundo cambio en la nación. Permitiendonos además, entrever las causas que los motivaron.

 

Porque las ideas, tienen consecuencias.

 

Consecuencias que se plasman, en  la plata y el bromuro de las láminas de PUERTOS, BARCOS Y TRENES.

 

Y son a las ideas que motivaron este cambio, a las que quiero ahora referirme.

 

Inicia su narrativa, al término de la ilustración, momento en que la ciencia altera los cimientos del pensamiento occidental.

 

Copérnico, Keppler y Galileo, destronaban al hombre como centro del universo y rey de la creación; desplazándolo a un incómodo rincón de la galaxia.

 

El tratado de “ Principia matemática “ de Isaac Newton, nos lega ahora, los modelos  que  definen las leyes naturales.  Y James Clerk Marx  pronostica con las mismas herramientas, la existencia de fenómenos en ese momento aún desconocidos.

 

Por último,  corresponde a la evolución de las especies, colocar la piedra angular en ese proceso metafísico del pensamiento racional, Y ubicar al ser humano en la cadena biológica, que lo hace hermano del primate y de la amiba.

 

Ante esta acongojante realidad, el hombre de ciencia  se torna inmensamente humilde;  impresionado por la magnitud de las leyes y la dimensión del cosmos que descubre.

 

Pero la tecnología, hija de la ciencia, no comparte este noble sentimiento.

 

Con las mismas herramientas, se apodera del dominio de la naturaleza. Y esta habilidad infunde al pensamiento de la época, confianza en la  prosperidad eterna. Y vuelve soberbio al hombre de la técnica.

 

Esta es la era del progreso, y estamos inmersos ahora, en la segunda fase de la revolución industrial.

Cuando  los barcos, los  puertos y los trenes, cambian el escenario de las naciones. Y hace su aparición, su majestad “ El vapor.”

 

 

“ Ayer, a las cinco de la mañana, partió el primer tren que llevará al presidente de la República hasta las playas del Atlántico.  ¡ El gran sueño de nuestra generación se está realizando.!

Nuestros padres nos saludan desde la tumba, despertados al silbato de la locomotora. “

 

Eufórico, el cronista Juan A. Mateos, escribía en 1873 sobre el viaje inaugural del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, en el Ferrocarril Mexicano, de México a Veracruz.

 

Esta es una de las estampas que nos regala el libro que ahora describimos.

 

 Nos enteramos de la construcción de vías férreas, de puertos y locomotoras. 

La combinación del vapor y del acero, abre caminos en la tierra y en el mar.

 

Y aunque iniciamos la revolución industrial con cien años de retraso, rápidamente cerramos la brecha, y nos encaminamos a ocupar un puesto importante en el concierto de las naciones.

 

 

Pero no es así.

 

Existen elementos fundamentales que nos alejan del proceso de modernización. Y los efectos que se vislumbran en las páginas de esta obra, ahora los sufrimos con amargura.

 

Porque las ideas, generan acciones, y estas tienen consecuencias.

 

Uno de los elementos mas valiosos de este libro, es el permitirnos analizar las condiciones humanas, políticas y sociales, que acompañaron este proceso de la industrialización.

 

Es cierto que en esta época, no se aprecian diferencias cualitativas entre nuestras vías, máquinas o puertos, con las de otros países altamente industrializados.

 

Y compartíamos además con ellos una actitud, y también una esperanza.                  “ Que la mecanización genere progreso, y felicidad para todos.”

 

En  1851 se celebró en Londres  “ La gran exposición.”

Su principal patrocinador, el príncipe Alberto, la consideró la prueba irrefutable del avance hacia el progreso de la humanidad.

En ésta, se dieron cita los mejores productores del orbe. Y asombraron al mundo con sus inventos.

 

Equipo, herramientas y artefactos, impresionaron a los visitantes.

Locomotoras, motores de vapor, prensas y telares fueron los protagonistas del palacio de cristal.

 

Como sabemos ahora, ese optimismo duró seis décadas. Pues el hundimiento del barco Royal Mail Ship Titanic, envía al mundo una señal de alarma.

El hombre no domina totalmente a la naturaleza.

 

Poco después, la primera guerra mundial deja una cicatriz, y un mensaje difícil de olvidar.

La revolución industrial había sido eficaz para generar riqueza, pero no lo era para repartirla justa y equitativamente.

 

El despertar del siglo XX, nos enfrenta a los conflictos nacionales, del mercado, los medios de producción  y la justicia social.

Y costaría tiempo, volver a encausar el rumbo, hacia el progreso y el bienestar general.

 

Y pudo hacerse, pero solo en las naciones que habían generado riqueza o conservaban un capital de cultura y tecnología. Los demás países solo repartirían la miseria.

 

Se piensa que la historia permite evitar los errores del futuro. Esto desde luego, es falso.

 

Porque nosotros en México, también celebramos.

 

En 1911,  a cuatro décadas del viaje inaugural del Ferrocarril Mexicano, en  las fiestas del centenario expusimos nuestros logros tecnológicos.

 

Y pronosticábamos un destino de seguridad y progreso. Matizado quizá con algo de arrogancia.

Pero la paz se fincaba en elementos inestables, y poco tiempo después, transitábamos al mas cruento período de nuestra historia.

 

Nuevamente se confrontan las revoluciones industrial, y la social.

 

Parece así, que seguimos el mismo patrón de comportamiento que las naciones industriales.

 

Pero no es así.

 

Subsiste en esta historia, un elemento diferenciador importante.

Nuestra incipiente movimiento industrial estuvo dirigido a los bienes de consumo.

 

Toda la actividad se volcó a la producción de artículos de consumo inmediato.

Y no tuvimos la habilidad ni el tiempo, para la fabricación de máquinas herramienta.

 

Estas máquinas herramienta, forman el pilar de los bienes de capital, y son preocupación fundamental de las naciones industrializadas.

 

En nuestro caso, casi todo el equipo mecánico fue importado.

La tecnología era ajena. Y solo disfrutábamos de los beneficios inmediatos.

 

Fue hasta el año de 1900, cuando la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey inicia el vaciado del acero, y se produce en México, el primer riel de ferrocarril.

Esto, cuando ya están instaladas 15,000 Km. de vías férreas.

 

Cabe mencionar que hubo intentos esporádicos de financiamiento a los bienes de capital.

En 1830, el ministro Lucas Alamán, crea el Banco de Avío, institución de fomento industrial.

 

Sin embargo, el grueso del financiamiento de dio con capital extranjero.

 

Es interesante ojear en el libro “ de Puertos, Barcos y Trenes ”, la fotografía de la primer máquina de patio construida en México, en el año de 1912, en los talleres de Aguascalientes.

 

Sin embargo, la producción fue baja; pues tengo entendido que solo se fabricaron dos unidades. Y en Acámbaro Guanajuato, otras dos.

 

El panorama de la producción es desolador. Pues no se consolida una industria  abastecedora de máquinas y herramientas.

Y no se invierte el mínimo necesario, para la creación de una robusta tecnología nacional.

Y tendríamos que esperar hasta el tiempo del desarrollo carretero, para lograr un mejoramiento sustancial, en el área de los bienes de capital.

 

Es la historia que este libro nos narra. Y a partir de las reflexiones a las que invita, seguramente podremos encontrar mejores alternativas, para el destino nacional.

 

Y es la aventura, que la obra: “ Puertos, Barcos y Trenes ”, nos deja como legado.

 

Damas y caballeros:  Muy amables por su atención.


 

 

ING. RAÚL CADENA CEPEDA.