El sistema monetario ---

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En el siglo I d.C., la moneda de oro romana, el aureus (7,96 gr.), se fraccionaba en 25 denarios de plata (3,89 gr.), a su vez dividido en 100 sestercios de bronce (27,3 gr.), que finalmente, equivalían a 400 ases del mismo metal (10,92 gr.). Con el paso del tiempo, la moneda romana fue víctima de la devaluación, alterándose a la baja los porcentajes de plata en el denario; así, en 275, el aureus de oro valía entre 600 y 1.000 denarios comunes.

Ante los graves problemas que presentaba la moneda romana, reflejo de una economía en crisis, en el año 286 se fijó el valor del aureus (ahora llamado solidus) en 1/60 de la libra romana (equivalente a 324 gramos), y en 293 una nueva reforma creó el argentus, moneda de plata de 3,41 gramos, equivalente a 25 denarios comunes, y una nueva moneda de bronce, el nummus, que contenía una pequeña porción de plata (5%) y que fue tarifado en 5 denarios comunes. Esta nueva moneda pronto empezó a perder valor y en el 301 el Edicto Monetario de Diocleciano (284-305) estableció su valor en 25 denarios comunes. Esta equivalencia se mantuvo en la mayor parte del Imperio hasta al menos el año 324.

El desbarajuste monetario y económico heredado de la crisis del siglo III afectaba negativamente a la capacidad adquisitiva de la población, y muy especialmente a la de los soldados, de los que dependía la integridad del Imperio y la seguridad del trono. Sus salarios se pagaban en moneda fraccionaria, y, ante los continuos vaivenes inflacionistas, Diocleciano trató de protegerlos mediante la promulgación, también en el año 301, del famoso Edicto de Precios, que fijaba los precios máximos de multitud de productos y salarios. La escasa efectividad de este decreto obligó a nuevas medidas: en 313, Constantino I (305-337) fijó la relación del aureus (solidus) con respecto al nummus en un valor de 1/288 en Oriente y 1/240 en el Oeste.

Monedas romano-bizantinas, siglos IV, V y VI
 

Durante el resto del siglo IV y el V, la devaluación del follis o nummus siguió imparable, siendo necesario reunir miles de nummi para comprar un solidus. En el año 445, una disposición de los emperadores Valentiniano III (425-455) y Teodosio III (408-450) estableció el valor del solidus en 7.200 nummiae.

Como es fácil suponer, esta continua devaluación de la moneda era un factor de constante inestabilidad, pues el poder adquisitivo de las clases más desfavorecidas -expresado en moneda fraccionaria de bajo valor- se veía permanentemente amenazado; la prioridad de las autoridades romanas era la de mantener estable a toda costa el valor del solidus, base de todo el sistema monetario. Una nueva reforma, llevada a cabo en 498 por Anastasio I (491-518) estableció el valor del del solidus (4,50 gr.) en 16.800 nummiae; el follis (la mayor moneda de bronce, de 8,5 gr.) pasó a valer 40 nummiae, siendo entonces el valor del follis de 1/420 de solidus. Esta valoración fue modificada en el año 539, cuando Justiniano I (527-565) incrementó el valor del follis (20 gr.) hasta 1/180 de solidus, quedando el nummus en un valor de 1/7.200 de solidus.


Monedas bizantinas, siglos VI y IX
 

Aunque durante el convulso siglo VII fue necesario proceder a nuevas modificaciones en el sistema monetario, la principal innovación vendría en el año 726, cuando el emperador León III (717-741) introdujo el miliaresion, moneda de plata con un valor de 1/144 de libra romana. Bajo el reinado de Teófilo (829-842), la mayor seguridad y creciente prosperidad del Imperio hicieron aconsejable una nueva reforma que estaría vigente, en mayor o menor medida, hasta la segunda mitad del siglo XI: 1 libra de oro (324 gr.) = 72 nomismata (4,48 gr.); 1 nomisma = 12 miliaresia (2,25 gr.) = 288 follis (8 gr.).

Durante el siglo X hubo algunas modificaciones en el valor de las monedas, e incluso se acuñó, en tiempos de Nicéforo I (963-969), una nueva moneda de oro (nomisma tetarteron) de 3,95 gr. que sería suprimida por Basilio II en 1005. Todas estas medidas estaban encaminadas a aumentar la cantidad de dinero en circulación, tanto para responder a las necesidades de una economía en expansión como para facilitar la financiación de las constantes campañas militares, pero en absoluto afectaron al respeto y valor que merecía el solidus o nomisma bizantino (también conocido como hiperperio, besante y sueldo), auténtico dólar de la Edad Media.


 

Sin embargo, la crisis en la que se vio envuelto el Imperio desde la segunda mitad del siglo XI afectó seriamente a la estabilidad y confianza de la moneda bizantina. El nomisma, cuya pureza había oscilado durante siglos entre el 98% y el 95% de oro, era, en tiempos de Miguel IV (1071-1078) una mediocre moneda cuya pureza no iba más allá del 56,5% de oro, siendo el resto plata. Pero su caída no paró ahí, pues en torno a 1092 su pureza había descendido hasta un irrisorio 10,5%; por entonces el antaño poderoso y respetado nomisma no era más que una miserable moneda de bronce mezclada con algo de plata y oro. Esta situación obligó a Alejo I Comneno (1081-1118) a efectuar una gran reforma monetaria. La nueva paridad fue fijada en 1 nomisma (hiperperio) = 4 miliaresia. Pero la moneda de plata, que se acuñaba desde el siglo VIII, terminó por desaparecer, siendo sustituida por una moneda de vellón con el 6% de plata. Hacia 1136, existía una gran variedad de monedas, y especialmente de follis salidos de cecas locales, lo que era un claro síntoma de la contracción del comercio bizantino.


 

La dominación económica que sufrió Bizancio a manos de las repúblicas mercantiles italianas desde el siglo XIII hizo que su moneda perdiese toda importancia. El último emperador que acuñó monedas de oro fue Juan V Paleólogo (1341-1391), y en sus días circulaban nada menos que siete tipos de hiperperio, junto a multitud de otros tipos de monedas.
 
 


Precios y salarios

Para valorar adecuadamente la anterior información, es preciso saber cuál era el poder adquisitivo de la moneda romano-bizantina y cuáles eran las rentas medias disponibles para los distintos estratos de la sociedad. A efectos de comparación, daremos también datos relativos al período clásico romano.

En el siglo I de nuestra era, un jornalero romano podía ganar entre 2 y 4 sestercios diarios, mientras que un artesano podía sacar entre 8 y 12 sestercios. Se ha calculado que el sustento de su familia (matrimonio más un esclavo) podía suponer un gasto de 6 sestercios al día en diversos productos para la manutención. En esta época, un modio de trigo (8,75 litros) salía por 3 sestercios y una túnica o unos zapatos salían por 15 sestercios.

Los simples soldados legionarios estaban realmente mal pagados, pues salían a 500 sestercios anuales por cabeza, si bien a comienzos del siglo III (en tiempos de Septimio Severo) su paga había subido hasta los 2.000 sestercios. En mejor situación estaban los centuriones: entre 20.000 y 40.000 sestercios. Claro que eso no era nada si se compara con las rentas de un médico famoso (400.000 sestercios) o de un proconsular (1.000.000 de sestercios).

El Edicto de Precios de Diocleciano fijó la libra de carne de cerdo en 12 denarios, y el modio de sal en 100 denarios. Por la misma cantidad podía comprarse un modio de harina y por 40 denarios un sextarius (aprox. 1 litro) de aceite de oliva. Algo menos (30 denarios) costaba un de sextarius de vino y cinco veces más (150 denarios) un par de zapatos de moda, aunque unas botas normales de mujer salían por 60 denarios.

A finales del siglo IV, los soldados de caballería que se incorporaban a filas recibían 7 solidus para hacer frente a la compra de sus monturas. Por esta época, un campesino podía tener una renta anual de 5 solidus, lo que era bien poco comparado con las ganancias de un mercader (unos 200 solidus al año) y absolutamente insignificante si se compara con las rentas de un senador (120.000 solidus). Si no tenía muchos gastos (por ejemplo, si no tenía familia y podía comer gratis), podría comprarse una túnica al año (3 solidus, en el siglo VI, lo mismo que un ejemplar del Nuevo Testamento) o un buen camello (salía por algo más de 4 monedas de oro). Eso sí, también podía dejarse llevar por la tentación, irse a una taberna y gastarse unos cuantos follis en un vaso de vino caliente y en los servicios de una prostituta. Pero sólo los campesinos más prósperos podían permitirse el lujo de tener un esclavo, que en el siglo VI costaba unos 6 solidus.

Por supuesto, los salarios variaron con el tiempo. Si un peón del siglo VII podía ganar unos 9 follis diarios, en el siglo X el jornal era de entre 12 y 16 follis (el coste de la subsistencia diaria en Constantinopla). Durante los siglos IX-X los precios oficiales de los cereales en Constantinopla fueron fijados en 24 follis por modio de harina y en 18 follis por modio de cebada. Ello suponía que una persona adulta debía dedicar 5 nomismas al año (1.440 follis) sólo para cubrir sus necesidades de harina. Claro que estos precios se referían a la capital, pues en el resto del Imperio se estima que el modio de harina salía por entre 7 y 10 follis. La inflación que conoció el siglo XI hizo, lógicamente, mella en los precios, y en 1073, 4,5 modios de harina se vendían por 1 nomisma, cuyo nivel de pureza en oro era de sólo el 56,5%.

Precios y ganancias estaban estrictamente reglamentados; los panaderos capitalinos estaban autorizados a cargar, por cada nomisma vendido, 48 follis en concepto de costes y 12 follis como beneficio.

Por lo que respecta a la milicia, un soldado de los ejércitos provinciales de los themas de mediados del siglo X ganaba entre 12 y 18 nomismas anuales, a lo que debía añadirse un lote de tierra valorado en al menos dos libras de oro para los miembros de la marina y la infantería imperial, y de cuatro libras para los marinos y soldados de caballería provinciales, aunque estos últimos vieron incrementada su paga hasta las 12 libras durante el reinado de Nicéforo Focas (963-969), y recibían un nomisma adicional por cada año de servicio con un máximo de 12 nomismas. La tropa de caballería estaba especialmente cuidada, y si su salario diario equivalía a 16 follis en el año 800, en el 950 se había elevado a 24 follis, y en el año 970 se situaba entre los 72 y los 84 follis.

Ni que decir tiene que los oficiales y suboficiales estaban mucho mejor pagados: en los días de León VI (886-912), un decarca (jefe de diez) recibía una libra de oro por año; un pentacontarca (el jefe de una unidad de 50 hombres), tres libras; un cometes o conde tenía asignada una paga de 216 nomismas, es decir, 3 libras de oro anuales, y así. Pero ni unos ni otros se acercaban siquiera a las ganancias de un estratega (gobernador militar provincial) de primera clase, que salía por 2.880 nomismas anuales (40 libras).

Es decir, que un general bizantino ganaba en un año lo que un campesino o un peón en 69.350 días. O lo que es lo mismo... 190 años.
 


 


Rentas públicas y gastos militares

La importancia prioritaria que tenían los gastos militares y de corte para las arcas del Imperio es destacada por Norman H. Baynes en su ya clásico estudio sobre Bizancio (El Imperio bizantino, ed. FCE. México, 1949, 1996):

«La primera carga sobre el Estado estaba constituida por el costo de su defensa […] los gastos de la corte […] no podían recortarse sin riesgo de la seguridad imperial porque el ceremonial de aquella […] constituía para la teoría bizantina del Estado, más que una simple pompa, un elemento importante en la diplomacia del Imperio. Estaban justificados por una concepción de la soberanía que era fundamentalmente religiosa […]. Cuando una provincia sufría cualquier calamidad especial, como un terremoto, la liberalidad del monarca iba en socorro de los que sufrían y el Estado tenía que contribuir a la reconstrucción de ciudades en ruinas o, si era menester, les concedía una disminución de impuestos en el curso de varios años.

[...] Además, en todo el Imperio era necesario mantener las obras públicas -acueductos, cisternas, carreteras y puentes- al mismo tiempo que se exigía el pago de un impuesto especial para la reparación de las murallas de la capital.

[...] ¿Cuáles fueron las fuentes de renta pública con la que el estado hacía frente a sus obligaciones? Principalmente: 1) la propiedad de los súbditos que iba a parar por prescripción al tesoro (cuando moría el propietario sin hacer testamento y no dejaba hijos o parientes), 2) las dádivas directas de los súbditos, 3) los pagos que hacían los candidatos a funcionarios en la corte imperial o en la administración civil, 4) la renta de los dominios imperiales en Asia y, por último, 5) la tributación directa e indirecta, ordinaria y extraordinaria.»

En este apartado vamos a seguir empleando las dos principales fuentes mencionadas en el apartado referido a la demografía bizantina, esto es, los trabajos de los profesores Kenneth W. Harl y Warren Treadgold. Buena parte de las cifras que vamos a facilitar son sólo aproximadas y deben ser tomadas, como ya hemos advertido en otras ocasiones, con las debidas precauciones, pues en el concepto de rentas deberíamos tener en cuenta no sólo los ingresos en metálico, sino también los impuestos en especie (medida que se aplicó en Bulgaria en el siglo XI), requisas, etc.

Por lo que se refiere a los ingresos en metálico, Treadgold estima que, en el año 457, en tiempos de Anastasio I (491-518), los ingresos del estado romano-oriental se elevaban a 7,8 millones de solidus o nomismas (ver tabla).  Según el mismo autor, en 518, al iniciarse el reinando de Justino (518-527), las rentas imperiales anuales eran de unos 8,5 millones de nomismas. Ya hemos señalado, en el apartado dedicado a los ejércitos bizantinos del siglo VI, que el eficiente gobierno de Anastasio facilitó la recuperación económica del Imperio de Oriente, y que a su muerte en la tesorería imperial se acumulaban nada menos que 23 millones de solidus, que sirvieron sirvieron de base financiera a las campañas militares de Justiniano. A propósito del reinado de este último, Harl estima que los ingresos anuales en 555, tras la recuperación de las provincias occidentales, eran de 6 millones de monedas de oro, correspondiendo 5 millones (el 83% del total) a las provincias orientales:
 

Prefecturas

Ingresos 
(nomismas)

Oriente

5.000.000

Dacia e Iliria

100.000

África

480.000

Italia

420.000

Total

6.000.000

Al menos el 80% de estos ingresos estarían comprometidos con gastos administrativos, militares, ceremoniales y religiosos; sólo 1 millón de solidus estarían disponibles para hacer frente a los gastos extras en Italia y África, las operaciones militares en el frente persa, así como a los diversos tratados.

Algunas de las cifras de Harl dejan claramente de manifiesto el enorme coste que para las arcas imperiales tuvo la política justinianea: los gastos militares entre 527 y 531 habrían ascendido a 1 millón de solidus, mientras que entre 540 y 544 el coste habría sido de 2 millones; la recuperación del norte de África, entre 532 y 548 habría salido por 8 millones de monedas de oro, aunque esta cifra empalidece ante el coste de la recuperación de Italia: 21,5 millones. En total, los costes extraordinarios de la política justinianea entre 527 y 565 habrían alcanzado casi los 36 millones de solidus. La consecuencia fue que Justiniano se encontró con una gran crisis financiera cuyas consecuencias son de sobra conocidas.

Año

Ingresos
(millones de nomismas)

457

7,8   (100 %)

518

8,5   (109 %)

540

11,3 (145 %)

565

8,5   (109 %)

641

3,7     (47 %)

668

2        (26 %)

775

1,9     (24 %)

842

3,1     (40 %)

959

3,9     (50 %)

1025

5,9     (76 %)

1143

¿4,9?   (63 %)

1320

0,5       (6 %)

 

Siguiendo la tesis de Treadgold, el bajón de ingresos en metálico que se produce entre el año 641 y el 842, se explica no sólo por las grande pérdidas territoriales del siglo VII, sino también por la introducción del sistema administrativo-militar de los themas y de la asignación de lotes de tierra a los soldados provinciales. La crisis hizo que aumentaran los intercambios en especie, en detrimento de la economía monetaria.

El mismo autor, en Byzantine state finances (New York, 1982) hace algunas estimaciones de cuál podían ser las rentas del Imperio en el año 775 y en el 850, quedando claramente de manifiesto en sus cifras la fuerte recuperación de la economía romano-oriental que se inicia en el siglo IX y que se prolonga hasta la primera mitad del siglo XI.
 

 

Año 775 
(nomismas)

Año 850
(nomismas)

INGRESOS

 

 

Impuestos sobre la tierra y las personas

1.600.000

2.900.000

Tasas sobre comercio y otros

200.000

400.000

Total ingresos

1.800.000

3.300.000

GASTOS

 

 

Ejército y marina

1.200.000

2.200.000

Burocracia

400.000

500.000

Liberalidades imperiales

100.000

100.000

Total gastos

1.700.000

2.300.000

Reservas

100.000

500.000

Durante el período macedónico, la política expansionista estaba respaldada por una tesorería saneada sobre la base del incremento demográfico y el constante crecimiento económico; prueba de la fortaleza de la hacienda imperial de es que Basilio II dejó, a su muerte en 1025, una reserva de 14.400.000 monedas de oro.

A pesar de todas las dificultades, bajo los Comnenos los recursos seguían siendo considerables, aunque el coste de los ejércitos mercenarios y de la flota hacían necesarias ciertas economías. Benjamín de Tudela (un judío de Navarra que visitó el oriente entre 1160 y 1170) informa que los devengos de la hacienda de Constantinopla ascendían por entonces a 7.300.000 nomismas, aunque no sabemos si la cifra se corresponde con la realidad.

Las cosas cambiaron dramáticamente tras la crisis de 1204; a finales del siglo XIII, los ingresos de la hacienda imperial eran sólo una octava parte de los de la época isauria (siglo VIII), esto es, en torno a los 250.000 hiperperios. En la segunda mitad del siglo XIV, el Imperio era ya económicamente impotente; falto de materias primas, recursos fiscales y sometido a la colonización económica de las repúblicas mercantiles italianas, lo extraño es que durase tanto. En esta época, mientras los ingresos aduaneros de los genoveses de Gálata ascendían a 200.000 hiperperios, los recaudados en las aduanas imperiales en Constantinopla no pasaban de 30.000. Con estos recursos, cualquier intento de reorganizar una fuerza militar mínimamente creíble estaba condenado de antemano al fracaso.